Coco y “lo mexicano”

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Estaba en la sala de cine, listo para ver desfilar una serie de estereotipos, exotismos y folclorismos sobre “lo mexicano”. Además de entretenerme y seguir algunas conversaciones domingueras, estaba interesado en conocer cómo Disney y Pixar representan “lo mexicano” en su nueva película “Coco” (dirigida por Lee Unkrich, quien también dirigió “Toy Story 3”).

Disney no sólo es una industria de entretenimiento; es una verdadera fábrica de imágenes que se impregnan en los imaginarios individuales y colectivos. ¿Cuántos de nosotros no pensamos en las versiones de Disney cuando escuchamos “Alicia en el país de las maravillas” o “La bella y la bestia”? Me interesaba, entonces, saber cómo “Coco” representaría “lo mexicano” en una era en la que el presidente de los Estados Unidos despotrica contra los “bad hombres” mexicanos, en la que Trump ya presume los primeros prototipos del muro fronterizo —nada “hermosos”, como él prometía en su campaña— y en la que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte se tambalea.

Después de todo, para un científico social no deja de ser interesante, cuando no indignante, la manera en que Disney representa a las “otras culturas”. Recordemos “Aladdín”, un buen ejemplo de lo que el crítico palestino Edward Said analizó en su clásica obra “Orientalismo”, sobre la relación entre el poder y las representaciones occidentales sobre Oriente. El joven callejero árabe protagonista que da nombre a la película está bastante occidentalizado: por ejemplo, no habla con acento. En cambio, el malvado brujo Jafar sí habla con acento árabe. Queda claro en el imaginario colectivo que quienes hablan inglés “sin acento”, correctamente, son los buenos; mientras que los otros, cuyo inglés está marcado, son los malos. Jafar bien podría ser un Osama Bin Laden —o su joven hijo Hamza, nuevo líder y promesa de Al Qaeda—. ¿Recuerdan cómo hablaba Simba y cómo lo hacían las hienas?

Debo decir que mis inquietudes sobre “Coco” y las representaciones de “lo mexicano” tienen algunos fundamentos. Harley Jessup, el diseñador de producción de la película, expresó en una entrevista a “The New York Times” que “Queríamos hacer que la tierra de los muertos pareciera auténtica y que de verdad estuviera conectada con la cultura mexicana en vez de que fuera algo imaginado al azar” (“NYT”, 14-9-17). ¿Cómo lograr una representación “auténtica” conectada con “la cultura mexicana”?
O antes, ¿se puede hablar de “la cultura mexicana” o de “lo mexicano”?, ¿realmente han existido “la cultura mexicana”, las y los mexicanos imaginados por los muralistas, por Octavio Paz, Samuel Ramos y otros intelectuales?, ¿sólo han sido imaginaciones al azar? En cualquier caso, uno de los elementos que más han obsesionado a la mexicanología —se usa el término para referirse a los estudios sobre “lo mexicano”— es el mestizaje. Y uno de los ámbitos predilectos para tratar el mestizaje es, desde luego, el Día de Muertos.

El Día de Muertos, o la manera en que los indígenas lo celebran, ha sido incluido en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Resulta interesante conocer cómo describe la Unesco la importancia de esta celebración: “Esta fusión entre ritos religiosos prehispánicos y fiestas católicas permite el acercamiento de dos universos, el de las creencias indígenas y el de una visión del mundo introducida por los europeos en el siglo XVI”. ¿Qué puede ser más “mexicano” que la fusión entre lo prehispánico y lo católico, lo indígena y lo europeo?
Y bien, al inicio de “Coco” sí hay mucho exotismo y folclore. La historia se desarrolla en un pueblo rural que bien podría estar ubicado a inicios de siglo XX o del XXI. Sólo algunos elementos nos dan pistas de la época: los años que han pasado desde que falleció trágicamente Ernesto de la Cruz, un híbrido entre Pedro Infante y Jorge Negrete que, en el universo de la película, es el personaje más famoso de México; la televisión y las curiosas piñatas —tenían que ser las muy mexicanas piñatas— de personajes de Toy Story. Quitando esos elementos, el ficticio pueblo de Santa Cecilia donde se desarrolla la historia de la película bien podría estar suspendido en un eterno tiempo donde la tradición se perpetua. Pareciera que los mexicanos no somos modernos ni contemporáneos, sino tradicionales.

La historia de Miguel, el niño de 12 años protagonista de la película que sueña con ser un músico como su ídolo Ernesto de la Cruz, nos recuerda un poco a una de las obras artísticas cumbres de México en el siglo XX: “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Tanto Miguel como Juan Preciado emprenden viajes para encontrar a hombres arquetípicos de la “cultura mexicana”, a dos verdaderos ejemplos del “macho mexicano”: mientras que Miguel busca a un personaje inspirado en Pedro Infante y Jorge Negrete, Juan Preciado busca a su padre, el cacique de su pueblo. En sus travesías, Miguel y Juan se encuentran con vivos y muertos. Sin embargo, “Coco” no llega a la genialidad de “Pedro Páramo”, en donde los mundos de los vivos y los muertos se confunden en toda una sinfonía de murmullos.

Tal vez sea injusta la comparación de “Coco” con “Pedro Páramo”. En cualquier caso, si bien la idea de que “lo mexicano” tiene cierta obsesión con la muerte es más bien producto de las fantasías nacionalistas —recordemos clichés como “los mexicanos celebran la muerte”, “se ríen de la muerte” e incluso “se comen a la muerte” como cuando comemos calaveritas de azúcar—, lo cierto es que hoy, en México, hablar de la muerte no tiene nada de folclórico.
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Cabe traer a colación una genial línea de la aclamada novela “2666” de Roberto Bolaño, en el que la diputada Esquivel expresa con indignación “Estoy harta de los mexicanos que hablan y se comportan como si todo esto fuera Pedro Páramo”, a propósito de la idea de que “En México uno puede estar más o menos muerto”. Los desaparecidos podrán estar “ni vivos ni muertos” —como tituló el periodista Federico Mastrogiovanni a un aterrador libro sobre el tema en México—. Pero no olvidemos que con más de 21,200 asesinatos hasta finales de octubre pasado, este año será uno de los más violentos y letales en toda la historia reciente de México. Tal vez fue un desatinado año para hacer una película sobre el Día de Muertos en México.

El estreno de “Coco” tampoco habrá sido muy grato para la empresa mexicana Metacube, que desde 2003 comenzó un proyecto de película sobre el Día de Muertos y que ha sido totalmente eclipsada por el filme de Disney y Pixar. Más allá de las malas coincidencias, entre “Coco” y “Día de Muertos” —la película mexicana— encontramos una interesante historia sobre los intentos de hacer del Día de Muertos una marca registrada. Efectivamente, en 2013 Disney quiso registrar la marca “Día de Muertos” no para apropiarse de la festividad de fines de octubre e inicios de noviembre, sino para usar ese nombre en toda la avasalladora mercadotecnia que suele acompañar a sus películas. Ante las críticas recibidas en redes sociales, Disney dio marcha atrás. Finalmente, fue Carlos Gutiérrez, el director de la película mexicana, quien sí pudo registrar dicha marca ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual, a pesar de que el estreno de esta película tuvo que ser pospuesto.

Disney podrá ser una fábrica de estereotipos. También, como escribieron Ariel Dofrman y Armand Mattelart en su clásico libro de los 70, “Para leer al Pato Donald”, un vehículo de transmisión de la ideología dominante capitalista de los Estados Unidos. Pero más allá de los estereotipos de “Coco” sobre “lo mexicano”, nuestras “tradiciones” y nuestra “relación con la muerte” —amén de las casi omnipresentes y extravagantes Fridas Kahlo—, hay que ser justos y reconocer que, a diferencia de otras películas de Disney, en esta encontramos también interesantes críticas a los estereotipos sobre lo mexicano. Por ejemplo —alerta de spoiler—, la crítica que se hace al final a la figura del macho mexicano, ídolo del país. Asimismo, visualmente el filme es espectacular: el puente de pétalos de cempasúchil brillantes, la estación de trenes desde la que los muertos parten hacia el mundo de los vivos —que es una fascinante recreación del Palacio Postal de la Ciudad de México—, entre otros paisajes, son un deleite para los ojos. La música —componente esencial en la cinta— también se disfruta.
Disney y Pixar tuvieron que cambiar el nombre de su película. Ya no pudieron llamarla “Día de Muertos”. Pero no la titularon “Miguel”, sino “Coco”, como la abuela. Y esto es muy importante. Coco, el personaje, no sólo será un vínculo importante entre los mundos de los vivos y de los muertos, sino también una representación de la importancia de los lazos familiares y de recordar a quienes nos antecedieron y a quienes les debemos estar aquí. A pesar de sus clichés y cursilerías, Disney sabe muy bien cómo contar historias que te atrapan y que, en ocasiones, también te cautivan y conmueven. Cualquiera puede encontrar en Coco a su propia abuela y su historia familiar, y las escenas finales son momentos muy conmovedores. Con justa razón el tema principal de la película se llama “Recuérdame”.
La historia dirá si “Coco” será recordada. Tal vez, como lo hizo la película “Spectre” de la saga de James Bond, influya en la realización de desfiles de catrinas y calaveras en el Día de Muertos. ¿Hollywood influirá en la “cultura mexicana”? Claro, siempre lo ha hecho.— Mérida, Yucatán.

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